Aznalcóllar muere lentamente y clama por la mina como salvación

Aznalcóllar muere lentamente mientras clama por la mina como única salvación


El creciente desempleo colapsa el comercio y la hostelería. El alcalde afirma que «no se puede esperar más»





En ABC de Sevilla



En la corta de Los Frailes perdieron su empleo más de 400 trabajadores de manera directa y, según las estimaciones municipales, otras mil personas dependientes de subcontratas. El efecto fue multiplicador también en las industrias auxiliares dependientes de la explotación que fueron reconvertidas o se vieron forzadas a ajustar sus plantillas en el mejor de los casos, mientras que en otros echaron el cierre en los años siguientes.


La vida del alcalde Juan José Fernández (IU), como la del resto de los ciudadanos del municipio que gobierna, está ligada al mundo de la minería. En Los Frailes se curtió como minero en los años noventa, pero también como líder sindical.


Cuando el desastre de Boliden tiñó de rojo el calendario aquel 25 de abril de 1998, el ahora alcalde asumió un papel protagonista, tratando de llegar a un acuerdo con las administraciones para que la actividad minera de la faja pirítica no se detuviese, convencido de que la prosperidad de su comarca depende de la explotación del mineral que atesora el subsuelo. Ahora afirma que «si no se reabre la mina harán falta comedores sociales para que la gente pueda comer».


Tras el trágico vertido de Boliden, se puso en marcha un plan. En 48 horas se estaban llevando a cabo tareas de limpieza de lodos en el río Guadiamar, y en septiembre del mismo año los trabajadores retornan a la corta para explotarla cuatro años más. «Estaba en la flor del mineral, se había hecho una gran inversión y los metales estaban a buen precio en el mercado, por lo que logramos un sustento», recuerda el regidor a ABC Provincia.


Boliden cesaba definitivamente su actividad en 2002 y tras un acuerdo suscrito el 18 de julio de ese año se prejubiló a 308 mineros, mientras a otros 109 se les garantizó una renta compensatoria hasta su recolocación, bajo la supervisión de una comisión de seguimiento. Cuando el foco mediático se fue de Aznalcóllar, los acuerdos empezaron a incumplirse. Sin recursos y sin trabajo, Fernández inaugura junto a los vecinos una etapa de agitación y de movilizaciones pugnando por la reapertura de la mina.


«Los mineros hemos estado a las puertas del Parlamento seis meses acampados, reclamando nuestros derechos a la Junta de Andalucía, 183 días en la Catedral donde hicimos durante más de un mes una huelga de hambre, y siempre con la convicción de que había que seguir peleando por la reapertura», dice un alcalde que reclama celeridad a la Justicia y a las autoridades ante una situación que asegura es «crítica». «No se puede esperar más; cuando hay actividad minera hay riqueza, ahora sólo hay abandono y miseria», concluye.



Un billete de lotería


Entre los 6.000 habitantes de Aznalcóllar está extendida la idea de que la reapertura de la mina, con una inversión estimada de 300 millones para los cinco próximos años, tendría un efecto similar al de un billete premiado de la lotería. Lo justifican por el potencial de riqueza al que accederían, atendiendo a que se invierte en función de los beneficios que deja la explotación.


La alternativa es la agricultura. La campaña de la naranja ocupaba al colectivo de agricultores, hasta que los mineros se quedaron sin trabajo y esa oferta de empleo tuvo que repartirse entre todos, provocando el colapso de los trabajadores del campo.


Agricultores y mineros libran juntos otra batalla decisiva para su futuro: la del agua. Quieren poner en valor las más de 4.000 hectáreas de secano del término municipal y apostar por cultivos de regadío. Paradójicamente, el pueblo que riega con un embalse a Doñana y la cuenca del Guadiamar, no tiene agua. Antes los recursos hídricos se destinaban y estaban concedidos a la mina. Ahora son para la planta de Abengoa en Sanlúcar. «De haber tenido cultivos de regadío quedaría esa alternativa, pero el monocultivo que más riqueza y estabilidad ha dado a este pueblo ha sido siempre la mina», sostienen desde el Ayuntamiento, que cifra en más de mil los vecinos en paro.



Plan de urgencia


En los últimos meses demandan a las administraciones que pongan en marcha un plan de urgencia con el que paliar las consecuencias que para la sociedad local está teniendo este compás de espera por la adjudicación en tela de juicio de la concesión de la mina por parte de la Junta de Andalucía. Alentados por la expectativa de una reapertura próxima, piden también planes de formación específicos con el propósito de estar en una situación ventajosa de partida para cuando fuese preciso cubrir los puestos técnicos y profesionales en elyacimiento minero.


La apertura de la corta de Los Frailes y su superproducción fue un revulsivo entre 1992 y 1993. Después del desastre de 1998 lo fue de manera efímera, hasta los primeros años del nuevo milenio. El reclamo de la minería en esta etapa legó años de pujanza económica para sectores como la hostelería y el comercio. «Esto era una mina por la cantidad de gente que venía de fuera que multiplicaba por dos la población» relata Sensi Pluma, que regenta un supermercado y una tienda de muebles y electrodomésticos. «Como había ingresos se compraba con otra alegría y desde primera hora los bares y tiendas estaban llenos para el bocata o los desayunos, de manera que los empresarios locales nos beneficiábamos de todo ese movimiento», abunda esta empresaria.


Desde la calle Cruz, Sensi ha conocido los ceses de la actividad minera de 1989 y 2002. «No sé si pronto la abrirán pero en la última manifestación hubo días de adrenalina y veía ilusionada a la gente; este pueblo es minero y no sabemos lo que va a pasar si seguimos sin ingresos y sin trabajo, el panorama es desolador», sentencia.


La mina ha marcado a todas las generaciones vivas de aznalcolleros y a dado lugar a dinastías mineras. Hasta los ochenta era una mina de interior y un derrumbe dejó a centenares de trabajadores enterrados. No hubo que lamentar muertes, recuerda José Fernández, el minero más veterano que trabajó en esta explotación desde 1937 hasta su jubilación en 1982. «Me tocó ver a un hijo enterrado cuando un encargado mandó extraer mineral de una columna hasta que perdió fuerza y se derrumbó», cuenta este hijo, padre y abuelo de mineros que se sintió culpable «porque de mis cinco hijos tenía a cuatro y mi yerno trabajando en la mina, y no sabía si mi hijo atrapado iba a salir vivo de allí».


Al filo del centenario, Fernández se pregunta por el futuro que espera a sus nietos y bisnietos, y rememora con anhelo los días que Aznalcóllar fue la Sevilla chica, convencido de que la mina «es el pan para el pueblo».

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