Peregrinos desde la Vía de la Plata en la Sierra Morena de Sevilla

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Guillena, Castilblanco, Almadén y El Real de la Jara acogen a miles de personas de todo el mundo que hacen el Camino de Santiago


Hasta la cintura se sumergieron los seis miembros de una familia de peregrinos con cuatro niños de entre 9 y 15 años de Auckland, la ciudad más poblada de Nueva Zelanda y del Sur del Pacífico, para continuar su periplo por la Vía de la Plata en la segunda etapa del Camino Santiago que va desde Guillena a Castilblanco de los Arroyos. En suma son 1.001 kilómetros desde la Catedral de Sevilla a la de Compostela que atraviesan la península Ibérica.


Como esta familia, miles de caminantes toman cada año las veredas de Guillena, Castilblanco de los Arroyos, Almadén de la Plata y El Real de la Jara siguiendo la Vía de la Plata. Filas de personas a pie o en bicicleta, acompañadas o en la mayoría de las veces solas y mayoritariamente llegadas de fuera de España, en un flujo permanente a lo largo de todo el año que tiene en los meses de primavera y verano su momento de eclosión.


Llenan albergues, alojamientos rurales, restaurantes y tiendas de la Vía de la Plata guiados por diferentes motivaciones, superando adversidades como las precipitaciones que este mes de mayo convirtieron los senderos en arroyos, o las reses bravas que abundan en las dehesas de la Sierra Morena e irrumpen en no pocas ocasiones en el musitar de lenguas y acentos diversos que pueblan esta vía.


Portando una mochila con los útiles imprescindibles, en cada etapa atesoran un relato que comparten con sus seres queridos, o en blogs y redes sociales. Es un relato coral nutrido de historias de peregrinos y hospitaleros en un discurrir junto a los lugareños que hace que estos pueblos de la Vía de la Plata tengan proyección y eco en todo el mundo. Al paso del caminante florecen la hostelería y el comercio en una comarca que ha visto en el camino una vía para su desarrollo económico, y donde los negocios han ido adaptando su oferta de servicios para asistirles.


De Guillena a El Real de Jara se anuncian los menú del peregrino a precios populares, aparecen taxistas que salvan tramos por carretera como en la etapa de Castilblanco a Almadén acercando a los peregrinos hasta la finca pública de El Berrocal, o dependientes como Eduardo Romero con la única tienda con pan caliente que abre a las 5 de la mañana en la avenida Antonio Machado de Castilblanco para atender la demanda del viajero que al alba del nuevo día continúa su marcha.



Desde Brasil


El rostro de Marcos Tanure, de 27 años y llegado de Brasil con el desafío de hacer el camino a Santiago por la Vía de la Plata, no disimula su entusiasmo pese al duro trasiego en bicicleta que antecede su llegada al albergue municipal de Castilblanco, el primero levantado en Andalucía en 1999 para hospedar a los peregrinos. "Mi padre, con mi edad, también lo hizo en un momento en el que tenía la necesidad de descubrirse a sí mismo, por eso decidí hacerlo y me encuentro con mucha energía positiva", relata Tanure a ABC Provincia, y confiesa que se ha preparado en los últimos cinco años para esta aventura estudiando y trabajando para obtener los recursos para hacerlo.


El joven brasileño compró en Sevilla su bicicleta y empezó a pedalear desde la Catedral con un presupuesto de no más de 2.000 euros para gastar en los 20 días que, según sus previsiones, le llevará hacer la ruta buscando un "fondo espiritual que voy vislumbrado".


Del barrio malagueño de Puerta Blanca partió Manuel Sánchez, de 65 años y padre de tres hijos. Es de los pocos andaluces en esta vía y concibe el camino como "premio" a su jubilación después de una vida de trabajo en la hostelería. Se queja del mal estado de los senderos o de los escasos puntos de agua que hay en algunas etapas, y reclama a las administraciones "mayor sensibilidad para que los senderos no sean arroyos, ya que somos muchos los peregrinos mayores y se puede provocar situaciones peligrosas", afirma el malagueño.


En el albergue les recibe Marite, la hospitalera de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago durante la última quincena, natural de Holanda que a sus 64 años, tras hacer el Camino Portugués y la prolongación hasta Finisterre, se propuso devolver cuando le ofrecieron los hospitaleros poniéndose a los pies de ellos en uno de los 30 albergues de esta vía que gestiona la asociación. "Cuando tienes experiencias inolvidables con hospitaleros te sientes en deuda y quieres devolver ese bien a otras personas, sanar sus heridas, ayudarlas y acogerlas", relata la hospitalera.


Los voluntarios hospitaleros limpian, adecentan y arreglan las camas cuando despiden a los caminantes, y a mediodía dan la bienvenida a los nuevos. "Por motivos religiosos, el porcentaje es sólo del 5%, la mayoría de las personas peregrina por motivaciones más hondas y espirituales o como experiencia de turismo activo" dice la hospitalera.


Marite cuenta cómo recibió en días pasados a Axel Lebon, un peregrino de 73 años de Reunión, territorio francés de ultramar, junto a la isla de Madagascar, que llegó empapado al albergue. Entre lágrimas relata otra historia, la de un chico de Nueva York que hace el camino con una medalla donde lleva una imagen de su novio, que perdió la vida en marzo. "Lleva una credencial póstuma que le dio la Asociación de Amigos del Camino de Santiago que va sellando en cada etapa", esboza la hospitalera y rememora cómo en este caso el camino "era un proyecto de vida que tenían pendiente de hacer juntos".

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