Pepe Fernández, historia de la minería y del comunismo en Aznalcóllar


El minero más longevo de Andalucía ha dado nombre al teatro municipal de su pueblo donde trabajó en la minería entre 1937 y 1982, y donde sobrevivió a un Consejo de Guerra durante la Guerra Civil


Pepe Fernández es una institución en Aznalcóllar y el cariño de todo un pueblo al minero más veterano de Andalucía salta a la vista nada más llegar a esta localidad de la comarca del Corredor de la Plata por donde pasea con sombrero, bastón y singular gracejo este vecino que a punto está de cumplir el centenario.

Hijo, nieto, padre y abuelo de mineros, Pepe Fernández es historia viva de la minería en un pueblo que, recuerda, fue en su juventud apodado "la Sevilla chica". Paso a paso, afable, se detiene en un sinfín de conversaciones para atender de buen grado a sus vecinos. 

Aires de Dalí

Más de tres mil personas suscribieron una iniciativa popular para dar su nombre al teatro municipal que se encuentra al costado de la parroquia. Es el tributo popular a un hombre tímido, de tintes legendarios, recatada galantería y aires dalinianos que compaginó su labor como minero con su pasión por el teatro, siendo “actor principal” en seis grupos artísticos.

En la escena y la interpretación de casta le viene al galgo, se podría decir. De su padre, maquinista en la mina, heredó además de la condición de minero su afición por la interpretación, ya que formaba parte de un “grupo artístico” con el que recorría desde temprana edad los pueblos de la comarca. 

“A Aznalcóllar venía la compañía de Pacheco González y no sólo es que el teatro estuviera bien visto, sino que gustaba con delirio”, rememora con lucidez una persona que encontró en el teatro la forma de defender también los valores democráticos.

Pasión por las artes 

Debutó con una comedia de Jacinto Benavente, “El nido ajeno”. Supo ganarse el aplauso y la consideración del gran público. “No merezco tanto como me quieren, el pueblo es maravilloso conmigo ¿Cómo me iba a imaginar que iba a darle nombre a un teatro en mi pueblo?”, dice entusiasta

Antes del levantamiento militar en 1936 rescata la figura del profesor Roque García Márquez, con el que aprendió a leer y escribir. La educación ha sido una de sus grandes inquietudes, por lo que se curtió tras las primeras lecciones de manera autodidacta, dando batalla al analfabetismo que reinaba en la Andalucía del siglo pasado.  La Guerra Civil rompió su expectativa de avanzar en sus estudios.

Sobrevivir a la Guerra

Tras el levantamiento, padeció la represión de los vencedores sobre los vencidos. “Soy como soy, y soy comunista, que me perdonen, y por esto no hago mal a nadie”, sostiene para hablar de un pasaje que le llevó a abandonar a toda prisa su pueblo para buscar protección en la sierra.

“Me detuvieron, estuve encarcelado, y mi familia sufrió lo suyo, pero soy una persona alegre y positiva, y he tenido suerte”, relata. Fue gracias a la intercesión de una tía suya que servía en el hogar de unos familiares de Queipo de Llano que Fernández logró sobrevivir a un consejo de guerra en 1937 para regresar a su pueblo, donde encontraría la protección de la Guardia Civil que le permitió evitar el exilio forzoso.En este momento arrancó su relación con la mina, y con la que fue su mujer, con la que tuvo a sus cinco hijos.

“Empecé como peón, fui carpintero, almacenero, pasé por el taller y al final acabé en los laboratorios donde estuve hasta que me jubilé en 1982, en la corta que explotaba Andaluza de Piritas. Su balance pone de relieve la relación entre la minería y el desarrollo de la población. “La mina era el pan para el pueblo donde estaban colocadas unas 400 personas, familias a las que no faltaba sustento”. Apoya sus palabras y las remarca con el movimiento de sus manos.

El susto de su vida, en los setenta


En los sesenta, la mina le dio el susto de su vida cuando un derrumbe interior en la corta de Aznalcóllar deja enterrados a casi medio centenar de trabajadores, entre ellos uno de sus hijos. “No sabía si iba a salir de allí, y sobre todo si iba a salir vivo, y me sentí culpable porque de mis cinco hijos, cuatro y mi yerno trabajaban en la mina”. Afortunadamente, todos salieron ilesos.

La explotación pasaría con Boliden a la Corta de Los Frailes en los noventa, con un modelo de mina a cielo abierto que Fernández conoció ya jubilado. “La fatalidad quiso que cediera la balsa con residuos de los minerales, liando aquella catástrofe natural que lo arruinó todo”, explica consciente de las consecuencias que este suceso de 1998 tuvo.

Desde el patio de su hogar mira con incertidumbre la mina, y confía a su reapertura una nueva etapa de esplendor “para mis bisnietos y mi pueblo”.


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